sábado, 4 de febrero de 2017

La Casería

Hace ya varias semanas fui invitado por Alejandro Díaz a poner texto a una imagen del fotógrafo de San Fernando Ignacio Escuín dentro de una serie de colaboraciones con varios escritores para Patrimonio La Isla, textos inspirados en imágenes de Ignacio de los lugares más emblemáticos de La Isla. Para mí fue un honor porque a los dos, tanto a Alejandro como a Ignacio, los admiro con todo mi respeto y cariño. 

El trabajo en este caso debía inspirarse en la imagen que podéis ver mas abajo, parte de la playa de la Casería en San Fernando, un lugar pintoresco que disfruté en mi infancia y que aún visito a menudo. 

Aquí podéis ver la entrada en su publicación original. Espero que os guste.





Aquel día tenía algo de solemne, algo había en el aire que elevaba los sentidos. Quizás fueran las manos huesudas de Lele cepillando un tablón -imagen digna de Nuevo Testamento- para cambiar el banco de su barca. Quizás fuera el sonido de la cuchilla afilada produciendo aromáticos rizos de madera. Quizás fuera la brea con la que calafateó más tarde el costado de su barca, brea que parecía haber huido deshilachándose y formando nubes en el cielo. Quizás fuera el sol cayendo, ruborizándose al rozar el istmo hacia Cádiz. O el levante ausente, regalando treguas desde su escondite… Lele sabía que aquel día tenía algo de solemne, pero no sabía qué.


Se sentó en el escalón de su caseta y encendió un cigarrillo. Unas gaviotas garabatearon el aire con gritos infantiles. Lele se miró las manos y apreció por primera vez el parecido con las de su padre. Alguna viruta traviesa saltó de sus dedos al papel de fumar. Cruzó los brazos sobre sus rodillas y recreó su vista en la bahía. Aún no sabía por qué, pero en el aire flotaba la solemnidad.


Fotografía: Ignacio Escuín            Texto: Antonio Díaz González

domingo, 29 de enero de 2017

Café con Autor en San Fernando




El pasado jueves, en San Fernando, disfrutamos de una tarde entrañable alrededor de Los años de la ballena. Se trató de uno de los encuentros de la serie Café con Autor, dirigido por Remedios López. Estos actos consisten en la lectura previa de un libro por parte de las lectoras de un club de lectura y el tratamiento posterior de los entresijos, sensaciones y emociones que la novela ha aportado a cada una de esas lectoras, todo ello acompañado de un buen café y unas riquísimas pastas, algo que se agradecía el pasado jueves, un día lluvioso y frío que ayudaba al recogimiento y la búsqueda del calorcito humano.

Reme, como buena anfitriona, comenzó dándonos la bienvenida transmitiéndonos la filosofía de total independencia del Café con Autor con respecto al local donde se desarrolló el encuentro, la sede del Partido Popular de San Fernando, algo que, aunque ya dábamos por sentado, agradecí personalmente. Esta sensación la confirmé enseguida al percibir la variedad y riqueza de las asistentes a través de sus preguntas, reflexiones y procedencias. Esta circunstancia, en una sociedad que a veces nos resulta tan polarizada y crispada, me resultó tan sabrosa como la misma merienda.




En las muchas presentaciones y encuentros con lectores que he tenido con motivo de esta novela, siempre me han sorprendido la cantidad de conclusiones interesantes que se extraen de su lectura. A veces pienso que ya no puedo sorprenderme más, pero este Café con Autor me demuestra de nuevo que la riqueza del debate de una novela la da la aportación de cada lector con sus vivencias particulares. En esta ocasión no iba a ser menos. Desde el primer momento surgieron interesantísimas preguntas sobre el proceso de creación, anécdotas sobre su lectura, sobre el lenguaje utilizado por Marta, sobre los lugares recorridos por sus personajes, el origen de las distintos pasajes, la veracidad de los hechos históricos que se citan, etc.


Previamente tuve miedo de no estar a la altura porque la tarde anterior había pasado por el quirófano para una artroscopia de rodilla. Aún estoy convaleciente, pero ese día no podía faltar a la cita. Entre Don Nolotil y yo formamos un buen equipo. El debate nos enriqueció a todos. No hay nada como unir convivencia, respeto, reflexión y literatura. Espero tener otra oportunidad para compartir de nuevo tan buena experiencia con este grupo. Mi más sincero agradecimiento a Remedios por su invitación, al Partido Popular de San Fernando por la cesión de su local para esta actividad y a todas las lectoras participantes. Gracias de todo corazón.

Antonio Díaz González

domingo, 11 de diciembre de 2016

Inocencia

Mi padre solía desaparecer de vez en cuando. Se pasaba semanas fuera de casa y cuando volvía me contaba a escondidas el motivo de sus huidas. Era espía, solo yo conocía su secreto. Mi madre y mis tías decían que era un borracho y un vago. Qué tontas. El verano pasado desapareció de nuevo y no volvió más. En estos meses me lo he imaginado salvando vidas o persiguiendo a terroristas. Esta mañana me ha llevado mi madre al Corte Inglés, me ha sentado en las rodillas del rey Mechor y se ha puesto a charlar con las otras madres de la cola. El rey olía un poco a vino pero luego me di cuenta de que era para despistar. Se estiró la barba y era mi padre. Me chistó con el dedo en los labios para que le guardara el secreto y me dejó ir. Hoy estoy feliz, por fin le han dado una misión importante.   

sábado, 19 de noviembre de 2016

Casas Viejas y Los años de la ballena

Creo que todos hemos oído algo acerca de los sucesos de Casas Viejas, unos más que otros. Hoy día es relativamente fácil encontrar materia en internet para conocer algo de aquellos hechos, pero a veces se nos olvida que las webs donde hemos encontrado ese o cualquier otro tema están gestionados por personas entusiastas, investigadores/as que comparten sus estudios y descubrimientos  sin recibir nada a cambio la mayoría de las veces. Los años de la ballena se nutrió de muchos de esos datos. Durante mucho tiempo investigué en bibliografías, asistí a conferencias y, sobre todo, busqué en las webs y blogs que os comentaba. Dos de ellos fueron Desde la historia de Casas Viejas (http://historiacasasviejas.blogspot.com.es), administrado por Salustiano Gutiérrez Baena, un investigador incansable de todo cuanto tenga que ver con esa población, y El blog de Milano, de Miguel Angel López Moreno (http://elblogdelmilano.blogspot.com.es), hombre igual de entusiasta de la historia y la investigación. En ambos encontré algunos datos y también me sirvieron para iniciar otros caminos de búsqueda. Ellos hacen las carreteras informativas y nosotros, los narradores imaginativos, las recorremos con nuestras fantasías.

Casas Viejas, como os decía, está presente en Los años de la ballena, y gracias a ese detalle he tenido la fortuna de leer hoy una entrada en el blog Desde la historia de Casas Viejas en la que Salustiano Gutiérrez cita un pasaje de Los años de la ballena (haz clic en la imagen para leerla):




Mi eterno agradecimiento a quienes dedican su tiempo a estudiar, investigar y compartir sus conclusiones. Su curiosidad y generosidad nos enriquecen a todos.



              Antonio Díaz González

domingo, 23 de octubre de 2016

Recuerdos cítricos

En la Tertulia Literaria Rayuela de San Fernando organizamos a veces una especie de juego literario. Consiste en que uno de sus miembros elige una imagen y el resto debe escribir un texto inspirado en esa imagen. Resulta muy ameno y enriquecedor, sobre todo por la calidad literaria de mis compañeros y compañeras de tertulia. Esta es mi modesta aportación al juego:  





Cádiz, 3 de febrero de 1981

Querido Esteban,

hace unas semanas estuve de nuevo en Prado del Rey. Hacía años que no volvía. Visité a tu madre y a Engracia. Les dio mucha alegría, sobre todo a Engracia. Tu madre, la pobre, comenzaba a alegrarse por cualquier caricia, viniera de donde viniera. No me reconoció, pero me di cuenta de que tampoco parecía conocer a sus propias vecinas. Engracia me puso al día de todo. Me dijo que de vez en cuando bajabas a pasar unos días con ellas y que lo pasabas mal en esas visitas. Me explicó que la última vez fue la peor y que te fuiste muy apenado.  

Hoy, casualmente, me he encontrado a tu primo Andrés en la plaza de abastos. Ya me lo había encontrado otras veces, al parecer vive en Cádiz desde hace poco, no tanto como yo, que aún recuerdo los calcetines blancos que llevaba el día que subí por primera vez las escaleras de aquel bloque de pisos en el Cerro del Moro. Andrés me dijo lo de tu madre. La pobre, descanse en paz. Creo que fue lo mejor que le podía pasar, perdona que sea tan clara. Hay cosas que no entiendo, no me entra en la cabeza que Dios permita que una persona se vaya tan lentamente, que el sufrimiento la vaya apagando a base de dolores. Lo sé por experiencia, Esteban, durante cuatro años trabajé de auxiliar en una residencia y tuve que verlo directamente día a día.

Bueno, no solo te escribía para darte el pésame. También quería contarte que aquel día, cuando estuve en el pueblo, me paseé con tu madre y con Engracia. Empezamos en la puerta de tu casa y tiramos hacia arriba por la calle Pajarete. Saludamos a varias vecinas y todas me decían lo mismo, que me veían muy guapa, ya ves, siguen siendo mentirosillas. Tu madre iba en silencio, Engracia era la que lo hablaba todo, hasta que llegamos al árbol. Íbamos a seguir y tiramos de ella, pero se quedó quieta mirando cada rama. Se fijó en las hojas y en cada uno de sus limones y naranjas. ‘Este árbol lo plantó mi Juan’, dijo. Me di cuenta de que se refería a tu padre. Luego señaló la i griega que formaban sus ramas en el tronco, siguió hablando en voz baja y tuve que acercarme más para oírle decir que aquel injerto lo habías hecho tú. ‘Mi Esteban’, dijo ella. Luego me miró a mí, me señaló y me dijo ‘y tú también’. Sí, Esteban, eso nos dijo tu madre. Yo no tenía ni idea de que ella lo supiera, que estuviera al tanto de que tú hiciste aquel injerto, y menos aún de que yo había estado presente. No pude preguntarle nada más, al terminar de decirlo siguió caminando en su mundo, ajena a todo lo que nos rodeaba. Qué misterio, ¿no?

Bueno, no sé siquiera si tú recuerdas todo aquello, yo creo que sí. Una de las razones por las que sigo visitando Prado del Rey es precisamente aquella madrugada. Por tus explicaciones sobre lo que hacías con tu navaja y la ramita de limonero a la luz de la luna, por tus manos y dedos de hombre a pesar de que no tenías ni quince años, por tu madurez orgullosa, por tu apego a tu tierra… y por todo lo que pasó aquella madrugada antes del injerto...

Nunca he podido imaginarte en tu fábrica de Alemania, ni caminando por la nieve en estos días de frío, lo siento. Siempre que pienso en ti te imagino con las mangas remangadas hasta el sobaco y tu sonrisa de niño malo, como aquella noche.

Tu dirección me la ha dado Engracia, pero no te enfades con ella, la culpa ha sido mía, no sabes la lata que le he dado. Ahora ya sabes la mía, a lo mejor te apetece pasar por Cádiz una de esas veces que vienes de vacaciones. Ah, y si aún huele esta carta cuando te llegue, es por las ralladuras secas de limón y naranja que he metido en el sobre, son de tu árbol.


Un beso, espero que hasta pronto.
Margarita Estévez

viernes, 14 de octubre de 2016

Un Nobel suicida

Lo siento, no tengo costumbre de leer en estonio, japonés, árabe o cualquiera de las lenguas en las que escriben los demás candidatos al Nobel de Literatura de este año. Les pido disculpas, no he tenido oportunidad de estar presente en las deliberaciones del jurado, aunque sé que habría disfrutado de los ágapes con que habrán agasajado a sus miembros. Les ruego me perdonen, no conozco a fondo la  épica griega, el género poético más antiguo, en la que se transmitieron  por siglos hermosos textos de manera oral a través de los rapsodas que cantaban acompañados por instrumentos de cuerdas y que sólo tardíamente se mostraron de forma escrita. Les ruego sepan perdonarme, no conozco la obra de Safo, Arquíloco, Tirteo, Baquílides, Píndaro, quienes componían sus poemas para el canto.

Sí, el premio Nobel de este año ha ido a parar a un entretenedor de masas, uno de esos que ninguna madre querría para su niña, un cantautor, cuyo trabajo describieron los Antílopez con tanto acierto:

“Todo aquel que lo haga por vicio,
Por vivir a muerte hasta perder el juicio
Haciendo de su sueño un suplicio
Con el alma en cuarentena y la voz al borde del precipicio”


Les pido mil y una veces disculpas: No puedo opinar sobre el Nobel de este año. 

¿Que a quién deberían habérselo concedido? Y yo qué sé, quizá la respuesta esté en el viento.


lunes, 3 de octubre de 2016

Poleás




Poco a poco se fue sintiendo más calmado. El ruido de sus bronquios pasó a ser acompasado y leve. Una sensación extraña le hizo disfrutar, al principio como la luz de un faro intermitente, con idas y venidas de sus dolores. Los destellos de dolor y luz se fueron transformando en aromas. Primero el del aceite caliente, luego el de la cáscara de limón y más tarde de la matalahúva. Se olvidó por completo de su respiración forzada y agria hasta antes del chute en vena. Ahora tenía otra ocupación en sus sentidos, el anciano veía de nuevo a su joven madre ofreciéndole un tazón de poleás con coscorrones de pan frito y canela. La vida no quería despedirse sin aromatizar la habitación del hospital a base de infancias y caricias.